el otro cine / SORRY TO BOTHER YOU

sorry to bother you

Nuestra calificación: MUY BUENA

Si al término de Sorry to bother you uno siente una extraña mezcla de satisfacción y angustia, conviene no alarmarse (o quizás sí). Es normal. En cuanto a lo primero, significa que acaba de presenciarse una gran película. Respecto a lo segundo, tristemente significa que uno no pertenece a ese 1% mundial que concentra más riquezas que el 99% restante.

Boots Riley, quien dirige aquí su primera película, proveniente del mundo del rap, es consciente de esta injusticia, así como de la eterna lucha de clases que parece que los de más abajo estamos perdiendo. Su manera de atacar al sistema, sin embargo, no es obvia sino a través de un monumental mensaje: estamos tan anestesiados y corrompidos por espejitos de colores (llámense smartphones, redes sociales, o cualquier otro derivado del consumismo extremo), que no sólo no nos preguntamos cómo estamos trabajando sino tampoco para qué o quiénes.

En Sorry to bother you, el protagonista Lakeith Stanfield, un joven afroamericano que vive literalmente en un garage, sí se lo pregunta, pero olvida su cuestionamiento en cuanto asciende de posición en un call center. Ha llegado ahí no por elección sino por descarte: ya se ha quedado sin opciones, y le debe dinero a su tío. Sustituyendo la última parte de esta historia, sabemos que esto le pasa también a todos los empleados de la comunidad donde vive, una versión alternativa de Oakland, o acaso de Occidente entero. El éxito, si no tarda en llegarle, es porque un compañero (Danny Glover) la ha revelado un secreto: para concretar ventas telefónicas, aprovechando el anonimato detrás del dispositivo, conviene utilizar una “voz blanca”, que en verdad no es una clara muestra de cómo suena el “hombre blanco americano”, pero sí de cómo “quiere sonar”.

Boots Riley dispara en Sorry to bother you tantas balas (se puede decir que reserva unas cuantas especiales para el racismo, pero también para el sistema en su totalidad), que con un solo visionado de la película es casi imposible atender todas sus lecturas. Pero su fortaleza está en que lo hace con ironía y cinismo, sin caer en la soberbia o lo demasiado obvio. De hecho, cuando esto último parece estar por suceder, se despega de la obviedad introduciendo elementos propios de la ciencia ficción. Termina emparentándose más con la distopía de Soylent Green, que con un alegato anarcosindicalista, pero tampoco olvida esas raíces.

txt: Mariano Torres

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