especiales / JOHN CARPENTER

john carpenter

A veces sucede: la cámara hace foco en una interpretación perfecta, el guión resalta frases destinadas a la fama, la producción no se demora (mucho) más de lo necesario y, tras un estreno inesperadamente ovacionado, nace una estrella: el nuevo director del momento. Si los astros de Hollywood se alinean (los europeos también brillan, pero con menor pomposidad), las condiciones están dadas: nace una leyenda, un Ciudadano del séptimo arte, un nombre, un mito, una marca, un emblema, e infinidad de sinónimos más que denotan grandeza. Aparece la figura del autor: un tal Welles, Wilder, Kubrick, y hasta ante la espectacularidad del denominado blockbuster, emergen Spielbergs, Zemeckis, Jacksons, Finchers, y tantos otros. Reconocidos aunque infames, es cierto, también hacen escuela los mediocres, donde en Bay, Schumacher y más, la industria se regodea y por un momento deja atrás esa etiqueta de “arte”, ejecutando bien o mal una fórmula. El cálculo rinde, el film es un éxito, y el ciclo se renueva. Los libros de cine repasan lo hecho, y se conocen así los buenos, los malos y los feos.

Hay, sin embargo, zonas grises apenas rescatadas por sus fervientes fanáticos. “El que hizo ese delirio”, “el que tira las mejores frases (en inglés: one-liners)”, “el que es fiel a su estilo siempre”, y un largo etcétera que por momentos se asemeja a la descripción de una estrella de rock. Aparece un nuevo término, “director de culto”, y así como si nada, de pronto nuevos realizadores-estrella como los Tarantinos, Rodríguez y Singers del mundo gritan su nombre a los cuatro vientos. Cuando todo el mundo lo cree retirado, el hombre regresa aunque, tristemente, con una película menor que lo devuelve al ostracismo: The Ward (2009), con espíritu clase-B pero olor a lo demasiado conocido. Pasa rápido por la cartelera mundial, y el director de Halloween vuelve a su escondite, dejándonos con ganas de más y un sabor amargo de lo que pudo haber sido.

john carpenter

La nostalgia es inevitable, merecida y necesaria: la buena memoria recuerda que, después de todo, se trata del hombre que comprendió que el suspenso no son altos decibeles repentinos, sino más bien una amenaza en un sólo plano acechando lentamente por detrás de la protagonista (Halloween), que los efectos especiales ayudan -y mucho- pero no serían nada sin una excelente caracterización de los personajes (The Thing), y que el heroismo generalmente pierde, aunque sea por una buena causa (They Live), y pocas veces, a lo sumo, si no la gana la empata: Snake Plisskens (Escape de NY y Escape de LA), y su filosofía de “si me caigo, me llevo a todos ustedes conmigo”.

john carpenter

Como si fuese poco, el maestro de los one-liners mencionados anteriormente da lecciones de autoestima y clases de filosofía: “vine a mascar chicle y patear traseros… y ya no me quedan más chicles” (George Nada, They Live), “Si desaparece el tercer mundo, ustedes ganan, ellos pierden… si desaparece Norteamérica, ellos ganan, ustedes pierden… cuanto más cambian las cosas, más se quedan iguales…” (Snake Plisskens, Escape de LA), y “Ya no existen los héroes, sólo hombres siguiendo órdenes” (Captain Collins, Asalto al Precinto 13).

El público (uno muy reducido pero notorio por su fanatismo), festeja enérgicamente, repasando una y otra vez las lecciones aprendidas, los tics de sus protagonistas, sus fortalezas, sus debilidades, sus errores y sus aciertos. El director deja la sala, entrega una última película “de culto” sólo apta para incondicionales (Fantasmas de Marte), y la pregunta flota en el aire: ¿será ésto lo último rescatable? ¿tan apagada es la despedida? ¿Habrá vida después de The Ward? Algunos esbozan teorías: “John Carpenter se cansó de la industria” (que nunca le gustó demasiado), “John Carpenter no tiene nada más para contar”, “John Carpenter está viejo”, “igual, ya no era el mismo de antes”, o la más factible de todas: “John Carpenter está en su casa con el proyector de cine apagado pero la consola de videojuegos prendida, y dice que ahí están ahora las buenas historias”. Habrá que darle la razón, al menos, hasta que salga de su cueva y vuelva a la acción -o mejor aún, el terror- para mascar chicle como los grandes. O, en su defecto, patearle el trasero a una industria cada vez más mediocre.

txt: Mariano Torres

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