especiales / SUPERHÉROES EXTRAÑOS

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Los tiempos están cambiando, y así lo denota Watchmen, con sus títulos iniciales bajo la canción homónima de Bob Dylan, que muestra cómo los superhéroes ya no son lo que eran. Desde las páginas del célebre comic de Alan Moore/Dave Gibbons a la pantalla grande de Zack Snyder, los guardianes del bien demuestran ahí su lado oscuro -o tan sólo humano- al involucrarse en cuestiones políticas, perder la cabeza a favor de la violencia, desmotivarse, perder la noción de lo correcto y lo incorrecto y, sobre todo, caminar por una delgadísima línea entre la justicia y el vigilantismo. Moore destripaba así el género y lo exponía descarnadamente desnudando toda su hipocresía: si ellos son los que nos vigilan, ¿quién vigila a los vigiladores? (who watches the watchmen?)

Watchmen es, posiblemente, la Biblia de las novelas gráficas y sentó apenas la base para una camada de superhéroes conscientes de su absurdo que vendrían luego a cuestionar los métodos de la justicia. Son seres extraños, que no ven las cosas como el resto de los mortales, y eso los convierte muchas veces en parias más que ídolos de la sociedad.

Su oscuridad puede ser shakespereana o simplemente ridículas, y así en la misma categoría de anti-héroes patétitcos se inscriben un Nightowl y Rorschach (Watchmen), pero también un Hancock (Peter Berg, 2008), superhéroe alcohólico en la piel de Will Smith, y un Darkman (Sam Raimi, 1992), vengador no tan anónimo que vuelve para llevarse consigo a los que lo mandaron a la muerte segura -pero fallaron, claro.

Por otra parte, no todos los superhéroes resultan notables paladines de la justicia: Kick-Ass, basada en el comic de Mark Millar y John Romita, da fe de ello. En la primer película de Mathew Vaughn (X-Men: First Class) los jóvenes que anhelan combatir al crimen sangran, vomitan y mueren en situaciones demasiado escabrosas para menores de diez y ocho años. En su secuela el sadismo va más allá y sugiere a un supervillano que, como represalia, es capaz incluso de violar a la novia del héroe. La línea entre la sátira y el mal gusto se vuelve ya un tanto borrosa en este ejemplo, pero existen otros intentos de héroes que transitan el mismo camino con resultados más interesantes (e independientes). Uno de ellos es Defendor (Peter Stebbings, 2009), interpretado por un Woody Harrelson con un retraso emocional -o inocencia exacerbada-, que desea erradicar a los malos de su ciudad, y para ello se disfraza como un clon barato (no digamos tercermundista porque para eso los argentinos ya tuvimos al real “Mengano”) del Capitán América. Detalle para destacar: su arma no es una espada, pistola láser o rayos X, sino un simple bate de baseball.

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Otro extraño combatiente de malhechores es The Crimson Bolt, interpretado por Rainn Wilson en Super, film de James Gunn, el mismo director de los Guardianes de la Galaxia que ahora destroza la taquilla con cada estreno de su team intergaláctico. Acompañado por Ellen Page, The Crimson Bolt combate a los rufianes básicamente como puede y pone en duda si es buena idea tener vigilantes dando vueltas por la ciudad, sobre todo si son así de inefectivos.

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Aunque si de héroes bizarros (casi abstractos) hablamos, hay que mencionar al equipo de Mystery Men (Kinka Usher, 1999), integrado por un hombre sin ninguna habilidad (Ben Stiller), una mujer con una enorme bola de bowling con una calavera adentro (Janeane Garofalo) y un triste personaje magníficamente interpretado por el gran William H. Macy que combate el crimen con…. una pala. Completan el impresionante elenco Geoffrey Rush como el villano de turno, y Tom Waits (¡!) tiene un papel secundario. Ver para creer.

Si hilamos fino, es válido inclusive ponerse a reflexionar que Batman no es sólo un científico (Homero dixit) sino un excéntrico millonario que se disfraza de murciélago y golpea gente. Experimento social sugerido en esta instancia: probar contarle esta premisa a alguien de otra cultura que no conozca al héroe (tarea por demás difícil) y tomar nota de la respuesta. Lo mismo sucede con el padre de los irrompibles, Superman, que en el fondo es tan sólo un extraterrestre que bajó a la Tierra para vestirse de azul y a más de setenta años aquí aún no aprendió que la ropa interior se usa debajo de los pantalones. ¿Qué los separa y por qué no nos reimos de ellos? Simple: en su universo su existencia tiene sentido, y sin anteojos uno puede volar por los aires pero con anteojos se dispara otro poder increíble: ser socialmente invisible y escapar así de la opinión pública. No sucede lo mismo con los ejemplos antes mencionados porque, en lo que se conoce como la “diégesis” de la película, que existan los superhéroes es de por sí un absurdo. Sin embargo ahí están, en tono paródico o crítico, y al igual que los otros o, a lo sumo, con más tropiezos de por medio, son bien capaces de patear traseros.

txt: Mariano Torres

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