Sinopsis

Milo, un niño de 9 años, sueña con escapar de su casa en un pueblo lejano y viajar a la gran ciudad. Para lograrlo, idea un plan que lo pondrá en camino hacia su independencia.

Sobre su producción

Siempre pensamos el cine como una forma de caminar sin saber si el camino realmente existe. Sin embargo, avanzamos confiando en que algo aparecerá frente a la cámara: un rostro, un silencio, un tren, un animal. Desde ese espíritu nació nuestra película, como un viaje sin plan, guiado más por la intuición que por un rumbo establecido. Hay imágenes que nos acompañan en el recorrido y nos ayudan a construir los vacíos de incertidumbre que el trayecto propone.

Desde temprano entendimos que la vida no se aprehende acumulando respuestas, sino encendiendo preguntas. A partir de ese impulso creamos a Milo: una pregunta en movimiento, nacida de nuestra curiosidad; un niño que avanza mientras algo en su interior comienza a inquietarse. En él conviven el coraje y el miedo, el deseo de irse y el anhelo secreto de quedarse.

Quizás por eso necesitábamos a alguien que no proviniera del mundo de la actuación, sino de la vida misma; alguien que no supiera exactamente lo que estaba haciendo, pero que estuviera dispuesto a asumir el riesgo.

Nos formamos juntos en una profunda soledad, en un país en crisis y en un contexto en el que el cine se ve debilitado por la administración actual. Aprendimos a trabajar sin garantías, a sostener nuestras propias decisiones y a continuar incluso cuando no había apoyo. Esa experiencia atraviesa la película y la define.

Sobre EL TREN FLUVIAL

Imaginar un destino inédito pero posible a partir de una película, ¿no es acaso uno de los movimientos más hermosos que el cine puede provocar en la conciencia de quien lo mira? Exactamente eso le pasó a Lorenzo Ferro, uno de los directores de El tren fluvial, el día que vio en escena a un niño hacerle frente a la gigante Gena Rowlands y descubrió que quería hacer un film protagonizado por un niño. Precisamente eso es lo que le sucede también a Milo, el protagonista de esta historia, la noche en que la pantalla de un televisor lo hace soñar con un tren que lo lleve de su pueblo gaucho, Gral. Madariaga, a la Ciudad de Buenos Aires.  

Para que ese anhelo cinéfilo se transformara en una posibilidad concreta, a Ferro le hizo falta el conjunto de circunstancias que lo llevaron a conocer al otro director de esta ópera prima, Lucas Vignale, y al niño homónimo que Milo es en su vida real: un excelso bailarín de malambo que no había actuado nunca antes de encontrarse con ellos. A su personaje, en cambio, le alcanzó con una travesura para liberarse de su familia y salir corriendo a la estación enfundado en su chaqueta de cuero. Certezas al respecto de qué harán después de ese impulso no tendrá ninguno, pero rápidamente intuyen que ahí reside la aventura. Para que el resultado fuera así de fresco tendrían que abrazar la contingencia de lo que les pudiera llegar a ocurrir durante el viaje. 

Es que, si El tren fluvial es una película capaz de producir la fascinación de aquello que va encontrando sus elementos a medida que avanza, es gracias a que así fueron también sus modos de producción, su escritura y su rodaje. El “no piense, diga” que el padre de Milo le impone a su hijo como método de concentración para la competencia parece tener su correspondencia en un “no piense, filme” que les permitió a sus realizadores encontrar primero imágenes o sonidos memorables (las vías desde una ventanilla con gotas de lluvia, el traqueteo de un tren que ya no pasa, o dos poemas maravillosos) y recién después jugar a encontrar la forma de inscribirlas en el relato de un extraño viaje iniciático. 

Pero esa libertad no quiere decir que no se pueda entrever en el conjunto un orden secreto. Las respuestas que Milo da en esa primera escena, esas palabras sueltas, bien podrían pensarse como parte de la sopa de letras que es la película. Podrán estar desordenadas, pero dentro de los bordes. El buen viajero puede perderse pero, siempre que tenga luz, sabrá cómo distinguir el camino a casa.

CRISTHIAN FLORES

Ficha técnica

CP Cinco Rayos
Dir G Lorenzo Ferro, Lucas A. Vignale
P Valentine Torre, Tomás Grandio, Casiana Vera
PE Nicolás Perez Veiga, ZZ, Daniel Nofal, Eugenio Fernández Abril
M Andrés Medina, Lucas A. Vignale
DF
Thomas Grinberg
S
Martín García Blaya
DA Olivia Schachtel
Mús Oniria
E Milo Barria, Rita Pauls, Mariano Barria, Fabián Casas, Lucrecia Pazos

BIO

Lorenzo Ferro nació en Buenos Aires en 1998. Es actor, director y músico. Su debut cinematográfico como protagonista fue en El Ángel (2018), película seleccionada en los festivales de Cannes, TIFF y San Sebastián, por la cual recibió el Premio Cóndor de Plata a Mejor Actor, el Premio Fénix a Mejor Actor y el premio del Festival de La Habana.
En 2023 protagonizó Simón de la Montaña, largometraje ganador del Grand Prix en La Semaine de la Critique del Festival de Cannes, obteniendo premios a mejor actor en los festivales de Montreal, Lima y Santiago.
Como director y guionista, realizó los cortometrajes La Pasión (2023), ganador del Premio de Estímulo al Cine Argentino en la competencia internacional de BAFICI, y Mi Gran Noche (2025), presentado en la sección Pasiones del mismo.
En 2024 codirigió el largometraje El Tren Fluvial, presentado en la Berlinale, San Sebastián, BAFICI y NDNF en MoMA / Film at Lincoln Center de Nueva York. También recibió una Mención Especial en el Festival Internacional de Cine de Montevideo. Actualmente se encuentra desarrollando El Centinela, su primer largometraje como único director.

Lucas A. Vignale nació en Buenos Aires en 1997 y falleció en Rio de Janeiro en 2026. Realizó videos musicales para artistas como Bizarrap, Nicky Nicole o Nathy Peluso. En 2024 dirigió el documental Tripolar 360. Ambos coescribieron y codirigieron el cortometraje La pasión (2025), que obtuvo en el BAFICI el Premio Estímulo al Cine Argentino. El tren fluvial, su primer largometraje, tuvo su estreno internacional en la sección Perspectives del Festival de Berlín.

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