Sinopsis

La película sigue a distintos chicos en situación de calle en la ciudad de Buenos Aires. El único hogar de día que funciona en la ciudad es el CAINA (Centro de Atención Integral a la Niñez y Adolescencia), una institución dedicada a dar refugio, asistencia y contención a los chicos de la calle, con la esperanza de su reinserción.

Sobre su producción

En abril de 2001 tuve una reunión con Narcisa Hirsch y empezamos a armar un plan de trabajo y un presupuesto. El proyecto surgió porque Julieta Pojomovsky, directora del CAINA, necesitaba un video para mostrarles a trabajadores sociales y psicólogos cómo funcionaba el centro. Fui a conocer el lugar y estuve yendo durante un tiempo. Trabajé con la documentalista Laura Linares, que hizo el sonido durante todo el rodaje. El equipo éramos Laura y yo. Para mí siempre fue un ideal trabajar de a dos, porque así se puede pasar más inadvertido, trabajar en el sentido de la “mosca en la pared”. Fue una de las veces que mejor me fue, tanto desde el punto de vista teórico como práctico, entre otras cosas porque pude trabajar bastante tiempo sin cámara al comienzo.

El video que había pedido la directora se fue transformando en un documental. Yo no quería entrar a una institución, observarla y explicarla con una voz en off. Quise darle voz también a quienes trabajaban ahí y que el relato se ramificara en distintos casos e historias. Andaba mucho con la cámara en un bolso. Sabía que no podía pactar encuentros con esos chicos: o me los cruzaba o no. A veces viajaba dos días seguidos y los veía, y después pasaban tres días sin encontrarlos. No los buscaba: todo era bastante casual.

Terminamos de editar en octubre o noviembre de 2001. Después vino la debacle de diciembre. En la película también aparecen los trenes, los cartoneros, todo eso que formaba parte del contexto en el que vivían estos chicos. El proyecto había empezado como un video institucional y terminó siendo una película. Para mí, ahí está también una de las dificultades de hacer cine en Argentina: muchas veces uno tiene que trabajar con lo que hay, encontrar una forma de filmar con muy pocos recursos y dejar que la película encuentre su propio camino.

Sobre LOS CHICOS Y LA CALLE

Cada nueva generación de artistas se ocupa de reescribir la historia y corregir sus árboles genealógicos. Los puntos de referencia desde los cuales afirmar la singularidad de sus miradas, entender la propia actividad y los horizontes en que se inscribe. Sin negar el pasado, pero cuestionando sus jerarquías. Así llegan a considerarse obras que en su momento fueron marginales, o directamente secretas, poco y nada vistas, para darles su oportunidad de formar parte de un canon nuevo, resignificando no sólo el mapa de lo que fue, sino también las posibilidades de lo que se puede hacer ahora. La celebración de La vuelta al nido por la generación del 60 es el ejemplo clásico de una afinidad así, y este año ha sucedido un hecho de esa categoría, con la recuperación de Los chicos y la calle, de Carlos Echeverría, por parte de la muestra MADO, realizada por el Museo del Cine durante la gestión Félix-Didier, y que ahora replica Fuera de campo, destacándola como una de las proyecciones significativas que hemos tenido en el cine argentino en 2026.

Comenzada por encargo de un parador municipal porteño, dedicado a menores en situación de calle, esta película, realizada en los meses previos al estallido de 2001, tuvo una sola exhibición pública para luego ser archivada discretamente. El resultado era incómodo. Aún lo es. Y si tienen el privilegio de asistir a su función, podrán observar cómo el institucional se va desnaturalizando, a través de las fracturas de la ciudad, en otros registros de narración, más perturbadores. El documental de observación se lleva los momentos más bellos. Visiones fantasmagóricas, capturadas con la textura entrañable del video digital. Una carpa nocturna en Retiro, digna de cualquier ficción apocalíptica. La luz tenue de las lámparas de sodio, que iluminaban de rosa una Buenos Aires perdida.

Pero es en las cabezas parlantes donde se encuentran los momentos más poderosos. Donde los trabajadores del parador intentan explicar una realidad enloquecida, resistente a las razones. Donde los chicos toman la cámara por confidente y nos abren la psicogeografía de sus movimientos. Las casas de las que escapan. Los padres que los maltratan. El dueño de la despensa, con quien se prostituyen por unos pesos, techo y comida. De todo esto hay imágenes. Hay montaje. Y casi sin que nos demos cuenta, de manera escalofriante, lo que debiera haber sido sólo un institucional, se ha hundido en la miseria extrema, hasta la exposición misma del crimen.

GOYO ANCHOU

Ficha técnica

Dir DF P Carlos Echeverría
JP Narcisa Hirsch
G Carlos Echeverría, Narcisa Hirsch, Laura Linares
M  Alejandro Brodersohn
S
Laura Linares

BIO

Carlos Alejandro Echeverría es un director de cine volcado hacia el género documental. Sus trabajos se han dirigido fundamentalmente a reflexionar acerca de las relaciones entre memoria y política, así como sobre las pautas culturales del autoritarismo.

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