Sinopsis
Maya, una mujer trans de 40 años, vuelve a su pueblo para reencontrarse con su madre enferma. Mientras los vecinos buscan una imagen de la Virgen desaparecida, un paseo entre ambas abre la posibilidad de un reencuentro íntimo, entre memoria y fe.
Sobre su producción
Todos los nombres empiezan con M tiene un recorrido largo: pasaron tres años desde que se terminó de escribir el guion hasta su estreno. La primera convocatoria a la que nos presentamos para financiarlo fue Historias Breves; aunque no resultó, insistimos con Espacio Santafesino, un fondo de financiamiento para proyectos culturales de la provincia de Santa Fe, de donde somos y donde transcurre la historia. En junio de 2024 fuimos seleccionadas y en enero de 2025 decidimos arriesgarnos y filmar. Contábamos con ese subsidio y gracias a aportes de la productora, ahorros personales y al apoyo y decisión de que la producción fuera cooperativa -lxs técnicxs, amigxs de toda la vida, ganaron el mismo módico salario sin distinción de jerarquías-, pudimos finalizar el rodaje.
Al quedarnos sin recursos post rodaje, la edición fue pausada; avanzábamos durante el año según íbamos juntando dinero y nos encontrábamos con la montajista. Luego fuimos seleccionadas para Ventana Sur Cortos 2025 y ganamos un premio para la posproducción de color y sonido con dos estudios uruguayos y el estreno mundial en la competencia del 30° Festival REGARD en Canadá.
Costeamos la posproducción de sonido con un incentivo para el desarrollo de un largometraje (obtenido en una nueva convocatoria de Espacio Santafesino). En febrero de 2026 viajamos a Montevideo para hacer la copia final y en marzo iniciamos la ruta de festivales, dándole un comienzo ideal al camino que hoy sigue recorriendo, habiendo pasado por más de 40 en 7 meses.
Todos los nombres empiezan con M no hubiera sido posible en estos tiempos que corren sin el apoyo fundamental de un equipo técnico y elenco comprometidos con el cine nacional, entendiendo las complejidades de este contexto. Hoy estamos agradecidas y felices, y deseamos que vengan tiempos mejores para el cine y la cultura latinoamericana en general.
Sobre TODOS LOS NOMBRES EMPIEZAN CON M
La desaparición de una imagen religiosa se produce en paralelo a la llegada de Maya a su ciudad natal y a lo que parece ser la casa de su infancia. Una emisora radial nos informa que ha vuelto a desaparecer la virgen del pueblo luego de quince años, dejando claro que no es la primera vez que la imagen es profanada. El cura de la parroquia, por medio del comunicado radial, se dispone a buscar la imagen en la vera del río e invita a los oyentes a colaborar en la búsqueda.
El calor arrasa sobre el verano en aquel pueblo donde las nubes se condensan grises en el cielo, los fieles coléricos buscan a la virgen perdida, las cruces se visten como amuletos y las casas tienen altares de santos e imágenes de primeras comuniones decoran las paredes. Tita Merello encuentra un dignificante lugar en un altar improvisado en la casa familiar de Maya. El elemento se introduce, junto con los abanicos y la canción “Fumando espero” interpretada por Libertad Lamarque, como guiños explícitos para el ojo queer. Ese es el modo bajo el cual opera el contrato cinematográfico del cortometraje de Carla Scolari, que organiza con pocos y potentes elementos el reencuentro de una madre con Alzheimer con su hija trans. Organización precaria, compuesta de pocas imágenes y pocos personajes cuyos nombres, como anticipa el título, empiezan todos con M: Myriam, Maya, Mica, Mecha, María.
La astucia del cortometraje radica justamente ahí donde la reconstrucción vincular viene de la mano de los olvidos y las opacidades, de esas fallas de la memoria que permiten otras formas de encuentro y aproximación a lo real. Algo que las trayectorias queer saben de memoria es que la historia fracasa cuando se la piensa lineal, que el trauma opera por borraduras y que no hay allí tanto espacio para la coherencia como en los reinos prístinos de la heteronorma. Por intermediación de esas premisas se sostiene esta pieza que se valida de pocos recursos para dar otra vuelta más a esa conflictiva relación, maldita en partes, entre madres e hijos en la historia del cine. Acaso el sitio por antonomasia de los problemas en la cinematografía queer donde Bellissima de Visconti y Mamma Roma de Pasolini son las reinas del tablero, según quienes jueguen. El film de Scolari parte de las mismas imágenes de las que parte Pasolini cuando piensa su cine en el contexto del fascismo italiano: la imagen religiosa y, más certeramente, la imagen religiosa profanada. El envío al terreno celestial compone el asfixiante marco de esta dialéctica negativa y bucólica, que encuentra en el lazo efímero y desmemorial entre una madre y una hija su iridiscencia.
Lo religioso se inscribe como un horizonte de sentido único donde las personas más que hablar, son habladas por un credo que se disemina en la radio, en los hogares, en el cuerpo de los fieles y que, justamente por eso, es también un sentido vandalizable. El film favorece a una peculiar narración en torno al no-saber que circunda entre los cuerpos familiares, un no-saber que produce señales de sorpresa y rechazo, pero también produce la posibilidad del encuentro hospitalario con lo extranjero y con la oportunidad de querer a los extraños como se podría querer a un familiar, en el mejor de los casos.
Que las normas se sostienen por iterabilidad y quedan impresas por repetición es una obviedad que da cuenta de su composición anestésica, imperdurable si no es a costa del canto automático de la sociedad. Pero por buena fortuna, el bucolismo queer da lugar a otras torpezas ahí donde el calor achata la posibilidad del pensamiento. En medio de ese paisaje donde el aire se corta con una tijera, en los bajos fondos de un riachuelo inmóvil, una madre y su hija encuentran un camino de redención momentáneo, para generar un pequeño acervo de imágenes futuras para Maya y una fórmula de lo presente encantado para Myriam. Allí se maquillan, cantan, fuman como adolescentes, se toman un trago de agua bendita y alucinan con personificar a la virgen desaparecida. La pieza nos conduce a estos lugares alucinados, donde el pueblo enloquecido peregrina con la virgen en lo alto, interpretada por Maitena de Marco como Myriam. “Fumando espero” resuena en ese final dignificando la lengua de las locas, ahí donde sólo han recibido portazos. Cabe recordar a aquel Puig que en Estertores de una década. Nueva York ‘78, decía: “doctorados somos en el sufrimiento… graduadas en la Universidad de Libertad Lamarque”, algo de esa sabiduría sobrevuela el cortometraje de Scolari.
AGUSTINA WETZEL
Ficha técnica
CP Cinespuma
CoP Artemisa Lab, El Mar Film Sound, Espacio Santafesino, Ventana Sur, Bandida
Dir G P Carla Scolari
JP Ana Taleb
PA Camila Peralta, David Pire, Javier Rossanigo
DP Pamela Carlino, Marianela Mennelli
M Julieta Seco, Carla Scolari
DF Denise Chautemps
DS Lautaro Zamaro
SD Jimena Chaves
DA Carolina Cairo
CC Elisa Barbosa Riva
ADir Julia Bastanzo Paximada PPS Andrés “Coco” Costa
Mús Lucas Marti, Edi Galván
V Ana Julia Manaker
MyP Belén García
E Payuca, Maitina de Marco, Camila Peralta, Alejandro García, Héctor Manaker, Yami Brandolini
CD El delirio cine
BIO
Carla Scolari nació en Rosario en 1991. Es egresada de EPCTV (2012), trabajó en guion, fotografía y dirección. Codirigió Delinquido (Premio del Público, FLCR 2017) y La mutuante, premiada en varios festivales. En 2019, fue directora de fotografía del documental Hijas del maíz. Actualmente desarrolla su ópera prima Cómo se nombra una tormenta, ganadora de Espacio Santafesino y seleccionada en +MALA, Uruguay 2025.